Luis el memo (o El memo de Luis). 4.- Luis y el papá toro
[Aquí está la cuarta parte de Luis el memo (subtítulo: El memo de Luis), con las andanzas y las desventuras que aquejan a nuestro pobre Luis, fruto, como siempre, de simples errores y malentendidos.
Sí, sé que he vuelto a haceros esperar. Os pido perdón.
Recordad que el capítulo 1 lo tenéis en el Nifty o en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 19 de noviembre de 2015: Luis el memo o El memo de Luis (1): Luis y el camionero.
Recordad que el capítulo 2 lo tenéis en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 26 de mayo de 2016: Luis el memo o El memo de Luis (2): Luis y el tullido.
Recordad que el capítulo 3 lo tenéis en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 25 de julio de 2016, día del Patrón Santiago Apóstol (Ja, ja): Luis el memo o El memo de Luis (3): Luis y el papá-toro.]
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—Hola, ¿qué hace, señor? —le dije a aquel hombre inmenso. Parecía un toro. Al principio, no veía bien qué hacía; el sol me daba a mí en la cara. Él miraba con vivo interés las ranuras que había en el talud de la escalinata de aquella parte tan apartada del parque, que era presidido por un castillo del siglo XVIII, con sus cañones y otra artillería.
—¿Ves esos agujeros que hay en este muro? Dentro se ponían los defensores para disparar a los atacantes.
—¿Sí? Qué interesante. —Yo, que siempre había pensado que a los taludes se les practicaban ranuras para evitar su desplome cuando las corrientes subterráneas de agua chocan contra las sillerías… Qué inocente. Su versión era mucho más apasionante. Y le pregunté que si los atacantes eran indios.
—Sí, y piratas. Y desde aquí les disparaban.
Qué excitante. Mi interés se despertó de inmediato. ¡Piratas! ¡Indios! Como en las películas…Yo me incliné doblando la espalda para ver qué se veía a través de las ranuras inferiores, con tan mala fortuna que mi culito chocó con sus piernacas y su mano derecha de gigante. Las piernacas iban embutidas en un pantalón de loneta beige claro, como de inspiración militar. Ah, seguro que había sido militar de joven y por eso sabía tanto de estas cosas.
—No se ve mucho. —dije incorporándome rápidamente al notar el contacto, azorado.
Él se había quedado igual de perplejo que yo con el toque fortuito a mi culete.
—Sí, ahí dentro se metían y por los agujeros disparaban.
—¿Sí?
—Sí, mira bien.
Cuando me agaché de nuevo inclinando la espalda y las piernecitas bien estiradas, esta vez el contacto con su mano derecha fue pleno. Al notarlo,… al notarlo, me largó un manotazo desde arriba. Solo volví un poco la cabeza agachada y lo vi ahí, sonriendo.
—Ji, ji. Qué cosquillitas —dije yo, al notar el cachete en mis nalgas, sin poder ni incorporarme.
—¿Sí? ¿Tienes cosquillitas ahí? Ja, ja. —dijo agarrando con la palma de la mano todo el corvejón. Sus manos se pusieron a rozar y apretar sobre mis huevos y mi agujerito desde atrás, que agarraba con precisión. Oh, yo tuve que abrirme un poco para no caerme hacia alante y empecé a jadear. Oh, y a gemir, sin poder desasirme; sin poder siquiera intentarlo, paralizado. Era verdad, tenía cosquillitas ahí donde me tocaba. ¿Cómo podía saberlo? Anda que no había tenido que darme veces palmetazos secos contra mi agujerito para ver si el picorcillo interior conocía alguna calma. Era un picorcillo seco, intenso, que no conocía alivio ni sosiego. Y podía desatárseme en cualquier sitio: en clase o haciendo deporte o sentadito en el sofá… Si podía, iba cuanto antes a un lavabo o a mi cama, y separaba las piernecitas y mojaba mis deditos y me acariciaba con saliva el orificio. Algunas veces, no se pasaba ni metiendo los deditos. Los movía y movía, pero nada; muchas veces, aún se incrementaba. Hum
—Ji, ji. Sí. Qué cosquillitas.
—Ja, ja. Pues yo tengo una cosa que va muy bien para ese tipo de cosquillitas. —Y, sin dejar de agarrar y de mover la mano derecha sobre el centro de mi entrepierna se tocó con la izquierda el bultazo gordo y cilíndrico que bajaba por su pierna.
—Oh, ¿sí? —dije yo sin poder apartar, desde abajo, los ojos de su paquete y el tubazo que bajaba por su patorra izquierda. Daba miedo. Oh.
Y tiró de mi brazo izquierdo hacia atrás, casi retorciéndomelo, ay, y llevó mi mano hasta su pierna haciéndome restregar aquello que bajaba hasta medio muslo. Oghhh.
—Sí, esto es lo mejor para ese tipo de cosquillitas. —Y metió los dedacos por debajo de la abertura de mis cut-offs, los pantaloncitos vaqueros que yo mismo me había hecho recortando unos viejos. “¿Pero dónde vas con eso?”, me habían advertido mis colegas. “Te has pasado recortando. Casi se te ve el ano. Ja, ja, ja”, me habían dicho riéndose de mi falta de destreza con las tijeras.
—Pero si no llevas braguitas debajo… Hum. —Y el tíarrón metió los dedacos buscando mi pobre fresita. Y yo, ahí, todavía inclinado de cintura para arriba, oh, completamente desamparado. Y él trazaba con su dedaco corazón, desde un ángulo incómodo, círculos alrededor de mi fresita. Mmm.
—Oh, no, por favor, señor… mmm. No haga eso. Gnnn. Yo no soy… oghh, así… mmm. —Y, de repente, noté cómo el dedaco empujaba y entraba, flop, en mi fresita.
—Ohhhh.
Y, cogido del higuito, puso una mano sobre mi espalda reclinada y me condujo más de 10 metros, por la fuerza, detrás de unos matorrales.
—Ohhhhh. —Mientras nos desplazábamos, yo notaba los vaivenes, y cómo el dedaco entraba y salía de mi agujerito. Parecía que todos mis nervios se concentraban alrededor de ese dedaco ganchudo y no podía reaccionar. Gemía y gemía, presa del dolorcito y del gustito provocados por la invasión.
Llegados al escondrijo, me soltó el culo y me hizo caer hacia adelante. Cuando me iba a incorporar, me agarró de la cabeza, me dio la vuelta y empezó a restregarme el paquete por la cara. Yo no podía respirar casi y entreabría la boquita, pero su nabo y sus huevos me la taponaban igualmente. Un oloraco a sudor de currar, snif, me subía por la nariz y llegaba a mis terminaciones nerviosas del cerebro. ¿Hum?
—Lo primero que tienes que hacer para que te quite las cosquillitas con mi manubrio es ponérmela bien dura. Eso es, moja el pantalón con la babita, marica.
—Ahhh… (Snif). Pero yo no soy marica.
Slap.
—Ohh. —Me pegó una galleta y me metió dos dedos gordos en la boca.
—Pues hoy te me voy a cepillar. Ja, ja, ja. Como tú lo prefieras, por las buenas o por las malas.
Yo, por miedo, instintivamente, o tal vez fruto del olorcillo que embriagaba, empecé a succionar sus dos dedacos. Slurp, slurp.
—Eso es, muy bien. Así, sin dientes. Arriba y abajo, arriba y abajo. Así me gusta, bien buenecita. Mmm.
Slurp, slurp.
—Bueno, ya es hora de que veas el manubrio para las cosquillitas. —Y se bajó la cremallera y sacó con gran dificultad un nabo grueso y venoso. Era inmenso. No, no podía ser. Yo no quería que me curara con eso…
Me amorró a su huevamen y el olor era penetrante, casi intoxicante, y embriagaba y mareaba, y la cabeza me daba como vueltas. Sniiiif. Abrí la boca y, sin querer, saqué la lengüecita. Slurp, slurp. Mi cabeza giraba y ya no sabía lo que hacía. Y lamía y lamía sus huevos sudados y peludos.
—Eso es, cerdita, dale gusto a papá. Ya verás las cosas ricas que papá te va a hacer… Ufff, eso es. Será marica… Qué gustito. Mmm. Y ahora te me la vas a tragar hasta el fondo.
Y me metió el pollón en la boca. Yo hice un intento de tragarla, pero, sin poder evitarlo, al llegar a la campanilla la arcada refleja me obligó a sacarla.
Slap. “Uy. Mmm”.
—Prueba otra vez. Tú puedes. —Y comprendí que el muy malvado pensaba metérmela hasta el esófago a base de guantazos si hacía falta… Era un bucanero.
Opté por un segundo intento. ‘Sí, o me pegará’. Cogí una bocanada fuerte de aire y… ‘Sí, lo mejor es poco a poco. Sí, ya ha pasado la garganta’. Glups. ‘Solo un poco más’, decía entre mí.
—¿Ves? Ya está dentro hasta los mismos huevacos. Mmm. Menuda puta. ¿Esta no es la primera polla gorda que te zampas, eh, julay? —Y la sacaba hasta el capullazo y la volvía a meter hasta el fondo, lentamente, una y otra vez. Menos mal; así, por lo menos, podía respirar, antes de tragar de nuevo y succionar, moviendo la lengua y absorbiendo. —No has comido tú pollas ni nada… No te gusta comer rabo a ti. Ja, ja, ja. Mmm, sí, eso es. (Slurp, slurp.) Sigue.
Y, de repente:
—No, ahh, no sigas, puta, que estoy a punto de correrme. —Y la sacó deprisa, como si estuviera a punto de estallar. —Ven, que papá quiere ver dónde tienes tú esas cosquillitas. Ven aquí, tontita, deja que papá te vea el chuminito.
Y me dio la vuelta y me agachó la cabeza hacia adelante. El muy cerdo se agachó a la altura de mi flor y me abrió por la fuerza con las manos las dos patas. Oh.
—Oh, snif. Mmm. Huele bien. Huele a culito de bebé. Bien limpito. Con un resabio a primavera. Mmm.
Y de repente noté una cosa húmeda que besaba mis labios inferiores y los acariciaba.
—Ji, ji, ji… (risita involuntaria). No pude evitar empezar a gemir.
—Como las golfas. —decía él cuando sonaban mis gemiditos, sordos, al principio; más incontrolados cada vez. —Como una golfa. Eso es, gime como una puta golfa, tontita. Mmm. (Slurp, slurp). Qué rico está este coñito.
El muy truhán movía la lengua con fuerza arriba y abajo por fuera, desde mis huevecitos hasta encima del agujerín, que se movía espasmódicamente cada vez más. Por fuera. Pero también por dentro…
—Oh, oh. —Hay que ver. Casi me mareé. Creo que me mareé al sentir penetrar su lengua y cómo entraba en contacto con mis paredes interiores. ¡Qué bandido! ¡No, por favor, yo no soy así!
—¿Te gustan las comiditas de coño, eh, julandrón? Hacía tiempo que papá no pillaba un coño así, tan perfecto y redondín y… sonrosadito. Mira cómo se le abre, a la muy guarra… Je, je. Cómo descontrola, la tontita. —Y se puso a trazar círculos con el dedaco pulgar sobre mi fresita mojada.— Oye, este agujerito… Este agujerito está abierto como un fregadero. Ja, ja. Está listo. Y anda pidiéndolo. —'¿Pidiendo? ¿Pidiendo qué?’, pensaba yo.
De repente, noté cómo una cosa dura entraba en contacto con mi agujerito. Ohhh. ¿Qué era esa cosa tan dura… y tan gorda, y tan gruesa? Ohhh…
—Venga, que solo es la puntita. Solo te he metido el capullazo, bujarra. Mmm. Sí, ¿no oyes el flop?
Flop, flop.
—Sí, oh, ¿qué es? Mmm. —dije yo.
—Es el ruido del capullazo al entrar y salir por el tunelito. Para que se acostumbre… Uff, qué rico coñito. Espera, que ahora entrará la excavadora.
—¿La excavadora?
—Sí, mira… —Y me la fue metiendo centímetro a centímetro hasta la mitad. ‘Oghhh…. qué daño’.
—Oghh.
Y se detuvo.
—Venga, si ya está medio dentro. Ya verás cómo tú puedes, maricón.
—No, por favor, no… Oghhh. Sáquela, mmm, señor. Ay, me duele, ohh, mmm.
—No, tontita. Ahora, papá la moverá para acariciarte el botoncito que tenéis los maricas guapos para que los papás nos lo pasemos bien. Y verás cómo el picorcito se te alivia…
—Sí, el picorcito… Ohhhh. Me pica.
Y me soltó un azote seco y fuerte en el culo, ay, y poco a poco me la endiñó entera, con un último empujón, hasta que sus huevacos sudorosos chocaron con mi culito. No podía ser. El dolor se había imbricado con el picorcillo interior y ya no me podía mover.
—Oh.
—¿Qué te decía papá? ¿Ves? ¿A que no te puedes mover del dolorcillo… y del gustito, marica?
—Mmm, no, por favor…
—No te puedes mover, ¿a que no?
—No… Ohhh. —Y añadí —Por favor…
—¿Por favor, qué, julaca?
—Mmm. Por favor…
Y empezó a meterla y sacarla lentamente, acariciándome las paredes del culo. Gnnn. Y abrasando el puntito del gustito con la fricción lenta, continua, penetrante.
Poco a poco, fue ganando en velocidad. (Zupla, zupla, zupla). Gnn.
—Oh, pero… ohhhh. —Y empecé a moverme sin querer hacia alante y hacia atrás, ajustándome al ritmo, aumentando el contacto. ¿Qué me ocurría? Sin duda era una de esas reacciones reflejas y espasmódicas. Seguro que no solo me pasaba a mí, seguro que mis colegas tampoco habrían podido evitarlo. Zupla, zupla, zupla,…
—Eres un pedazo marica. Desde que te he visto sabía que eras una tonta y una cerda. Menuda golfilla… ¿No querías poner cachondo a papá? Pues toma papá. (Zupla, oh, zupla, mmm, zupla…). A los maricones solo os gusta de verdad la chusma. Y la gentuza. Y la morralla.
Y me soltó una hostia en la cara. Oghh.
—¿Vas a ser buena, marica? —añadió.
—No me pegue, por favor. Ohhh, mmm. Haré todo lo que usted diga.
—Eso ya lo sé, maricón. Si no, te vas a llevar más hostias que una estera. (Zupla, zupla,…).
Flop. ¡Se salió!
Y se puso a acariciarme con el capullazo por toda la boca de la fresita. Yo solo jadeaba y jadeaba (¿el temor?).
—Oh, por favor, mmm,…
—¿Vas a ser buena, tontita? —Slap, cachete en el culo. ¿Qué pasaba? ¿Qué ocurría? La polla permanecía fuera, en la embocadura.
—Me portaré bien… De verdad, me portaré bien, señor…
Y me la volvió a meter hasta el corvejón, de un solo envite. Gnnn. Mmm. Oh.
Cinco embates más allá, el puntito del gusto empezó a contraerse al máximo. Ya estaba duro como un guijarro. Espasmo tras espasmo, el puntito del gusto se retorcía y de mi polla salió involuntariamente, chorro a chorro, una corrida intensa… Intensa y prolongada. Jizz, jizz, jizz,… hasta seis veces. Mi esfínter se contraía también espasmódicamente y algo debió de ocurrirle al papá, porque de repente la sacó, se incorporó, me agarró de los pelos y me dio la vuelta. Me acercó el pollón a la boca, me dio una galleta y, nada más someterme a su demanda y abrírsela, me soltó en el interior, lefada a lefada, una corrida pastosa y abundante, y cremosa. Glups. Mmm.
—Eso es, límpiamela bien. Hummm. ¿Te gustan las pollas morcillonas? Ja, ja, ja.
Yo me la saqué de su boca, y la lamía y la lamía. Tenía que quedar perfecta, sin resto alguno de semen.
—Ahí, ahí, entre los huevos y el nabo. Sigue. —me dijo. Su rabo grueso y semiflácido descansaba, con todo su peso inmenso, sobre mi cara, mientras yo seguía y seguía lamiéndole los huevos.
—Mmm. ¿Te gusta el oloraco, eh, julandra?
¿Qué quería decir? Mmm. Subí a la parte superior de su nabo, a lamer donde la venaza gorda; y el rabo pendulante cayó, poco a poco, por mor de la gravedad.
De repente, salió un chorro lento de meaos, que, enseguida, se detuvo. Y, al cabo de unos instantes, un chorro más grueso volvía a precipitarse al suelo, al lado de donde yo me hallaba de rodillas. Me detuve hipnótico mirando la ráfaga, hasta que se detuvo una vez más. Y mi boca se fue al capullazo, a envolverlo y a limpiarlo y a… Entonces, un último chorro, salió de repente de su uretra. Glups, glups. Oh, ¿pero qué podía hacer? Era tanto el miedo a que se enfadase y me pegara que, seguro que por eso, tuve que tragarme su última cascada de orín. ¿Por qué, si no?
—Joder, julaca… No te va a ti el rollo ni nada. Marica…
Glups, glups. Y le miré a la cara, desde donde me sonreía. Acabó y me apartó la cabeza de su nabo. Se subió los pantalones y se los abrochó. Y se reía:
—Anda, julandra. Eres puta basura.— Y me lanzó una patadita en el culo, tras lo que se alejó dejándome ahí, tirado. Y perplejo. ‘¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?’.
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[Espero que os haya gustado este relato. Y que hayáis tenido que leerlo con
una sola mano.
Se agradece cualquier tipo de feedback, incluso las críticas (aunque mejor
las críticas constructivas, claro; je, je). Envíese a:
capitanalegre@gmail.com
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