La gay pequeñita. Relato erótico
La gay pequeñita. Relato erótico
(Incluye vídeo alucinante)

Con “la gay pequeñita” no aludimos a la gay impúber o adolescente. Nos referimos a la gay enana (pequeñita, pero de tamaño corporal). Con “la gay enana” tampoco nos referimos a la gay que sufre una minusvalía de origen genético. El enano pollón, mmm, no es objeto de la presente disquisición teórico-práctica ni protagoniza el relato subsiguiente. Estoy seguro de que el enano pollón merece un post aparte. ¿Verdad, maricas? Ja, ja. Menudas viciosas, cerdas…

La gay pequeñita, vulgo enana, folla de puta madre. Es manejable. Su potorrín es pequeño y se ajusta perfectamente al nabo, incrementando el gusto. Si te la follas de pie, te corres en cero coma, o sea, sin querer y antes que canta un gallo. Y, sobre todo, la enana sabe cuál es su sitio. Siempre sonríe, como entre pícara e inocente. Sabe que es un mero sustituto de la hembra. Sabe hacer que la obligue el primer cerdo que pasa.

[https://www.gayforit.eu/video/112433/Pig-Fucked-Raw-in-the-Mens-Room]
Como la enanita era más bajita de siempre, todos los muchachos, que son unos hijos de puta, se reían de ella y se dedicaban a acomplejarla a base de comentarios sobre su inferior altura. Ella respondía intentando agradar y resultar simpático. Si le entráis a una de estas gays pequeñitas, ni se os ocurra hacer alusión alguna a su estatura (supongo que ya no pensabais). Si le proponéis un juego, que no sea el de “adolescente” abusado; mejor, directamente, el de hembra abusada. Y, por favor, evitad los diminutivos (”bomboncito, potorrín, chochete, tetitas,…”). Sustituidlos por aumentativos, incluso (”chavalote, bombonazo, buenorro,…”).
* * *
Y, como la bajita no resistía una hostia, les tenía que hacer pajotes a todos los protodelincuentes del barrio. Luego, claro, empezaron las mamadas, aprovechando que el tío se había tumbado y ella ya estaba reclinada.
— Venga, Luis, prueba con la boca. Ya verás que está rica…
— No. Y, además, tú, Abel, ¿cómo lo sabes si está rica?
Abelardo, el Abel, era un chandalero y un chorizo que se dedicaba a repetir curso, llevar chándales con los huevos colganderos, fumar porros y al trapicheo. Era un colega, un colega mayor, pero un colega.
— No sé, la verdad es que no tengo ni puta idea. Pero así podrás contarme cómo se sienten las tías cuando te la chupan. A ellas les mola mogollón. Por algo será, ¿no?
— No sé…
— ¿No creerás que se lo voy a decir a nadie? Pensarían si soy maricón. «El Abel es marica» . Ja, ja. ¿Te imaginas?
Pero, luego, efectivamente, corrió la voz de que “sí, qué mamada me pegó el otro día el enano. Joder… Uff”.
— Tú solo lame con la lengua, como si fuera un polo.
— Pero solo un lametón. — Y Luisín sacó la lengua temblorosa y acarició con la lengua el capullo.— Uis, qué asco. Ji, ji.
— Venga, otra vez, que me mola. Y seguro que está de puta madre. —decía Abelardo con simulada convicción.
Luisín empezó a lamer, slurp, con su lengüecita. Esta, cada vez más juguetona, slurp, slurp, lamía y lamía. En estas, mientras lengüeteaba sobre el frenillo, Abelardo le empujó lenta, pero firmemente, la cabeza hacia abajo, y el capullazo entró todo él, grueso y sonrosado, en la boca de Luisín.
— Uhmm, uhm… Mmm.
— Eso es, chúpamela.
— Ahhh… —Era la primera bocanada de aire que Luisín pudo dar, con el capullo lleno de saliva debajo. Y Abelardo lo volvió a obligar a meterse el capullazo en la boca.
— Si te está gustando, venga… No refunfuñes.
Una mano empujaba a Luisín progresivamente cada vez más para abajo.
Y ocurrió. Abelardo soltó las manos y se reclinó un poco más hacia atrás. Y Luisín siguió engullendo el rabazo venoso que parecía llamarlo, reclamarlo. Y se subió en una de las piernacas gruesas y musculosas de Abelardo. Y se refregaba suavemente contra ella, y seguía y seguía tragando polla. El Abelsería un adolescente, pero su rabo no era de adolescente… ¿De pajillero habitual desde los cinco años?
De repente, Luisín notó cómo Abelardo volvía de nuevo a presionar sobre su cabeza. Pero si no había motivo alguno ya… Luisín ya estaba comiéndosele la polla. Y el nabo de Abelardo se puso más duro aún. ‘Qué bestia el Abel’. Y el nabo del Abel se puso aún más duro y todavía más grueso. Y, súbitamente, Luisín oyó “Oh, oh, oh… me corro…”. Jizz, jizz, jizz,… la leche empezó a llenar la boca y el esófago de la enana, pero esta no podía soltarse ya; no podía, no… aunque hubiera querido.
— Glup, glup, glup, glup.
— Venga, límpiamela bien. Mira lo que has hecho, joder. Se te ha salido un poco de lefa de la boca. Menudo cristo. Tío, ¿estás gilipollas o qué? Mira cómo me la has puesto. Venga, límpiamela bien, hostia, y deja ya de refregárteme… (Slurp, slurp). Eso es, eso… (Slurp, slurp). Aquí queda un poco todavía, mira. (Slurp, slurp).
Y fue ese preciso momento, en esa tesitura de sumisión absoluta, en el acto de humillación integral de limpiarle la polla al brutote de Abelardo, el momento que la polla de Luisín escogió para estallar, manchando el pantalón de la enana con su propia lefada intensa.
* * *
[El relato sigue abajo. Pero es que he encontrado un vídeo muy bueno que presenta una situación muy similar. Todo comienza en broma. El Luisín de este vídeo argentino (que, por cierto, es altísimo) acaba chupándosela a su compañero. Hay detalles muy conseguidos: el miedo a que aparezca alguien por parte de Luisín, la broma, la invitación a chuparla, el forzamiento de la cabeza, la negativa a la reciprocidad por parte del Abelardo de este vídeo,… Ja, ja. Está de puta madre. Activad el sonido. El diálogo no tiene desperdicio. Enlace a la escena. Debajo os hago enlace a la película completa, Starving(Estudio: Jackrabbit Releasing). Lástima que el sonido de la peli completa sea una basura. No se oye nada.]
[Enlace a la película completa. Enlace con algo mejor sonido, pero peor imagen. Os enlazo también el post de un tal judehans donde he descubierto esta joya: Post del blog “Lo pierdo todo”.]
* * *
Un buen día, algún tiempecillo después, Abelardo interrumpió por sorpresa a Luisín en su jalada de polla y le dijo que le lamiera el pollón bien lamido, de arriba abajo.
— Mójamela con saliva.
La lengüecita de Luisín no daba abasto. Aquella tarea no se acababa nunca. Y podía oler con más nitidez todavía los huevacos sudorosos, cuya esencia le llegaba al olfato y se le subía hasta el cerebro. Mmm. Luisín bajó lamiendo hasta el puntito entre la polla y el huevamen, zona sobre la que se detuvo a trabajar con la lengua, una y otra vez.
— Oh, joder, sí… —Y Abelardo se bajó hasta los tobillos el chándal y separó las rodillas a tope, dándole a la enana un acceso completo.— Sigue, sigue, maricón.
Era la primera vez que Abelardo llamaba a Luisín “maricón” y la enana no supo qué hacer o qué decir. El olor a huevamen era tan… cómo expresarlo, intoxicante, que la embriagaba. ¿Y si ya corría la voz de que él la chupaba? Tenía que recordar de decirle al Abel algo al respecto. (Mmm, snif, mmm). Que no se le olvidara, sobre todo.
Y, levantándose un pelín del suelo, Abelardo agarró de la cabeza a la enana y la amorró contra sus huevazos.
— Eso es, cerda. Límpialos bien. Mójalos con tu lengua. Mmm. Oh, tío, sigue, sigue. No hace falta que te pajees ahora. Para de pajearte y sigue comiéndome los güebos…
Unos minutos más tarde, Luisín volvía al pajeo. Pero Abelardo, irguiéndose un poco más, agarró de nuevo a la enana por la cabeza y la amorró a la parte en que los huevos dan paso al culo. Mmmm. Uf, qué olor a sudado. Este era aún mayor. Luisín intuía que el ano estaba cerca de su lengua.
— Eso es, marica de mierda, ese es tu sitio en la vida. Eso es, chúpame el ojete, maricón. Oh… Mmm, qué gusto, pedazo de guarra.
Y la amorró definitivamente a su culo, que Luisín lamía y chupaba sin cesar, mientras Abelardo empezó a cascársela.
— Eso es, cerda —Y, de repente, empezó a correrse sobre la cabeza de Luisín. Y llenó a este de lefa densa, espesa. El pelo, la cara, la camiseta…
En cuanto se hubo corrido, Abelardo intentó recomponer su postura. 'Joder, ¿no me habré pasado dejando que este me coma el culo? A ver si se va a pensar que soy una mierda de marica como él’. Y le arreó por el morro un guantazo seco a un Luisín exhausto, que, atónito, ya no comprendía nada… Y que, no bien lo hubo recibido, se corrió, a su vez, como sin querer.
A continuación, Abelardo le fue metiendo en la boca con sus dedacos, poco a poco, como regodeándose, la lefa de pelo, cara y camiseta, hasta asegurarse de que Luisín daba buena cuenta de ella con su lengua. Este succionaba los dedacos guarros, sudados y llenos de lefa de Abelardo, que se internaban sin ningún respeto, como en área que les es propia (como cuando uno hace el cerdo a solas y se hurga la nariz).
* * *
Y, desde bien pronto, pasada una temporadilla, ya todos los papás cerdos y los obreracos del barrio jugaban a proteger a la enana. “Hola, Luisín”, sonriendo, si se la encontraban a solas, sin testigos, por la escalera o en un descampado, o de noche por algún rincón. Y palmetazo en el culazo. “Uy, ji, ji”.
Todo culminó un día en que, tras el palmetazo de rigor en ese culito enano y respingón, redondín y maravilloso, el padre de un colega lo cogió por los hombros, aproximando la cara de Luisín, dada su corta estatura, a su sobacazo. (Snif). “¿Cómo va todo, qué es de tu vida?”, y fue bajando la mano hasta el culo de nuevo, que esta vez sobó y pellizcó con descaro, sonriéndole desde arriba.
— Uy.
— Venga, no seas delicao… ¿No te habré hecho daño?. A ver… —Y agarró a Luisín de la cabeza y se la empujó hacia alante, para que quedara con el culo en pompa y la cabeza gacha.— A ver, a ver… ¿qué tenemos aquí? —Y le bajó pantalón y calzoncillos de una tacada.— Venga, quejica. Si no te he hecho na… Je, je.
Luisín oyó un ruido de cremallera y como un escupitajo. Y, de repente, notó como un rabo duro entró en contacto con toda su fresita. Primero un envite, para que el capullazo gordo pasara el aro. Luego, salvado el primer obstáculo, una penetración lenta, pero firme, determinada, de un solo embate. “Ohhh, mmm… Ay, por favor… Gnnn”. Y Luisín se movió, como para desasirse, pero con eso solo consiguió aumentar el gustito del cabrón, que agarró a Luisín.
— Eh… Tú no vas a ningún sitio. —Y el cerdo agarró a la enana aún más fuerte.— Ahora vas a terminar lo que has empezao, uhmm.
“Oh, oh, oh…”. El chusmaca había sacado el rabo hasta la altura del capullazo e iniciaba una follada rítmica, más y más rápida progresivamente. Zupla, zupla, zupla, mmm. Y el cerdo, todo excitado y sudoroso, le dijo a la enana “Este va a ser nuestro secreto, mmm, ¿vale, Luisín? No te se vaya a escapar una palabra… Y tú ya sabes también que mi mujer no está bien de salud”.
— Sí, mmm, claro, señor. Ohhh, sí… Sí, sí, señor Abelardo… Mmm.

Eso sí, a la enana pasiva (la mayoría) le gusta el rabo bien gordo. A veces, ella misma tiene un nardo inmenso. Lo malo es que, cuando la tiene pequeña, como pasiva suele ser la típica pasiva dominante insufrible (lo que ahora se ha venido en llamar power bottom. Ja, ja. Incluso con el nuevo nombre, húyase…).

La enanita siempre sonríe a los tíos de clase obrera y a la chusma. Y los mira bastante descaradamente. Y siempre que puede, intenta quedarse sola, por algún rincón, accesible, a mano.
#gay enana#relato#vídeo
(Incluye vídeo alucinante)
Con “la gay pequeñita” no aludimos a la gay impúber o adolescente. Nos referimos a la gay enana (pequeñita, pero de tamaño corporal). Con “la gay enana” tampoco nos referimos a la gay que sufre una minusvalía de origen genético. El enano pollón, mmm, no es objeto de la presente disquisición teórico-práctica ni protagoniza el relato subsiguiente. Estoy seguro de que el enano pollón merece un post aparte. ¿Verdad, maricas? Ja, ja. Menudas viciosas, cerdas…
La gay pequeñita, vulgo enana, folla de puta madre. Es manejable. Su potorrín es pequeño y se ajusta perfectamente al nabo, incrementando el gusto. Si te la follas de pie, te corres en cero coma, o sea, sin querer y antes que canta un gallo. Y, sobre todo, la enana sabe cuál es su sitio. Siempre sonríe, como entre pícara e inocente. Sabe que es un mero sustituto de la hembra. Sabe hacer que la obligue el primer cerdo que pasa.
[https://www.gayforit.eu/video/112433/Pig-Fucked-Raw-in-the-Mens-Room]
Como la enanita era más bajita de siempre, todos los muchachos, que son unos hijos de puta, se reían de ella y se dedicaban a acomplejarla a base de comentarios sobre su inferior altura. Ella respondía intentando agradar y resultar simpático. Si le entráis a una de estas gays pequeñitas, ni se os ocurra hacer alusión alguna a su estatura (supongo que ya no pensabais). Si le proponéis un juego, que no sea el de “adolescente” abusado; mejor, directamente, el de hembra abusada. Y, por favor, evitad los diminutivos (”bomboncito, potorrín, chochete, tetitas,…”). Sustituidlos por aumentativos, incluso (”chavalote, bombonazo, buenorro,…”).
* * *
Y, como la bajita no resistía una hostia, les tenía que hacer pajotes a todos los protodelincuentes del barrio. Luego, claro, empezaron las mamadas, aprovechando que el tío se había tumbado y ella ya estaba reclinada.
— Venga, Luis, prueba con la boca. Ya verás que está rica…
— No. Y, además, tú, Abel, ¿cómo lo sabes si está rica?
Abelardo, el Abel, era un chandalero y un chorizo que se dedicaba a repetir curso, llevar chándales con los huevos colganderos, fumar porros y al trapicheo. Era un colega, un colega mayor, pero un colega.
— No sé, la verdad es que no tengo ni puta idea. Pero así podrás contarme cómo se sienten las tías cuando te la chupan. A ellas les mola mogollón. Por algo será, ¿no?
— No sé…
— ¿No creerás que se lo voy a decir a nadie? Pensarían si soy maricón. «El Abel es marica» . Ja, ja. ¿Te imaginas?
Pero, luego, efectivamente, corrió la voz de que “sí, qué mamada me pegó el otro día el enano. Joder… Uff”.
— Tú solo lame con la lengua, como si fuera un polo.
— Pero solo un lametón. — Y Luisín sacó la lengua temblorosa y acarició con la lengua el capullo.— Uis, qué asco. Ji, ji.
— Venga, otra vez, que me mola. Y seguro que está de puta madre. —decía Abelardo con simulada convicción.
Luisín empezó a lamer, slurp, con su lengüecita. Esta, cada vez más juguetona, slurp, slurp, lamía y lamía. En estas, mientras lengüeteaba sobre el frenillo, Abelardo le empujó lenta, pero firmemente, la cabeza hacia abajo, y el capullazo entró todo él, grueso y sonrosado, en la boca de Luisín.
— Uhmm, uhm… Mmm.
— Eso es, chúpamela.
— Ahhh… —Era la primera bocanada de aire que Luisín pudo dar, con el capullo lleno de saliva debajo. Y Abelardo lo volvió a obligar a meterse el capullazo en la boca.
— Si te está gustando, venga… No refunfuñes.
Una mano empujaba a Luisín progresivamente cada vez más para abajo.
Y ocurrió. Abelardo soltó las manos y se reclinó un poco más hacia atrás. Y Luisín siguió engullendo el rabazo venoso que parecía llamarlo, reclamarlo. Y se subió en una de las piernacas gruesas y musculosas de Abelardo. Y se refregaba suavemente contra ella, y seguía y seguía tragando polla. El Abelsería un adolescente, pero su rabo no era de adolescente… ¿De pajillero habitual desde los cinco años?
De repente, Luisín notó cómo Abelardo volvía de nuevo a presionar sobre su cabeza. Pero si no había motivo alguno ya… Luisín ya estaba comiéndosele la polla. Y el nabo de Abelardo se puso más duro aún. ‘Qué bestia el Abel’. Y el nabo del Abel se puso aún más duro y todavía más grueso. Y, súbitamente, Luisín oyó “Oh, oh, oh… me corro…”. Jizz, jizz, jizz,… la leche empezó a llenar la boca y el esófago de la enana, pero esta no podía soltarse ya; no podía, no… aunque hubiera querido.
— Glup, glup, glup, glup.
— Venga, límpiamela bien. Mira lo que has hecho, joder. Se te ha salido un poco de lefa de la boca. Menudo cristo. Tío, ¿estás gilipollas o qué? Mira cómo me la has puesto. Venga, límpiamela bien, hostia, y deja ya de refregárteme… (Slurp, slurp). Eso es, eso… (Slurp, slurp). Aquí queda un poco todavía, mira. (Slurp, slurp).
Y fue ese preciso momento, en esa tesitura de sumisión absoluta, en el acto de humillación integral de limpiarle la polla al brutote de Abelardo, el momento que la polla de Luisín escogió para estallar, manchando el pantalón de la enana con su propia lefada intensa.
* * *
[El relato sigue abajo. Pero es que he encontrado un vídeo muy bueno que presenta una situación muy similar. Todo comienza en broma. El Luisín de este vídeo argentino (que, por cierto, es altísimo) acaba chupándosela a su compañero. Hay detalles muy conseguidos: el miedo a que aparezca alguien por parte de Luisín, la broma, la invitación a chuparla, el forzamiento de la cabeza, la negativa a la reciprocidad por parte del Abelardo de este vídeo,… Ja, ja. Está de puta madre. Activad el sonido. El diálogo no tiene desperdicio. Enlace a la escena. Debajo os hago enlace a la película completa, Starving(Estudio: Jackrabbit Releasing). Lástima que el sonido de la peli completa sea una basura. No se oye nada.]
[Enlace a la película completa. Enlace con algo mejor sonido, pero peor imagen. Os enlazo también el post de un tal judehans donde he descubierto esta joya: Post del blog “Lo pierdo todo”.]
* * *
Un buen día, algún tiempecillo después, Abelardo interrumpió por sorpresa a Luisín en su jalada de polla y le dijo que le lamiera el pollón bien lamido, de arriba abajo.
— Mójamela con saliva.
La lengüecita de Luisín no daba abasto. Aquella tarea no se acababa nunca. Y podía oler con más nitidez todavía los huevacos sudorosos, cuya esencia le llegaba al olfato y se le subía hasta el cerebro. Mmm. Luisín bajó lamiendo hasta el puntito entre la polla y el huevamen, zona sobre la que se detuvo a trabajar con la lengua, una y otra vez.
— Oh, joder, sí… —Y Abelardo se bajó hasta los tobillos el chándal y separó las rodillas a tope, dándole a la enana un acceso completo.— Sigue, sigue, maricón.
Era la primera vez que Abelardo llamaba a Luisín “maricón” y la enana no supo qué hacer o qué decir. El olor a huevamen era tan… cómo expresarlo, intoxicante, que la embriagaba. ¿Y si ya corría la voz de que él la chupaba? Tenía que recordar de decirle al Abel algo al respecto. (Mmm, snif, mmm). Que no se le olvidara, sobre todo.
Y, levantándose un pelín del suelo, Abelardo agarró de la cabeza a la enana y la amorró contra sus huevazos.
— Eso es, cerda. Límpialos bien. Mójalos con tu lengua. Mmm. Oh, tío, sigue, sigue. No hace falta que te pajees ahora. Para de pajearte y sigue comiéndome los güebos…
Unos minutos más tarde, Luisín volvía al pajeo. Pero Abelardo, irguiéndose un poco más, agarró de nuevo a la enana por la cabeza y la amorró a la parte en que los huevos dan paso al culo. Mmmm. Uf, qué olor a sudado. Este era aún mayor. Luisín intuía que el ano estaba cerca de su lengua.
— Eso es, marica de mierda, ese es tu sitio en la vida. Eso es, chúpame el ojete, maricón. Oh… Mmm, qué gusto, pedazo de guarra.
Y la amorró definitivamente a su culo, que Luisín lamía y chupaba sin cesar, mientras Abelardo empezó a cascársela.
— Eso es, cerda —Y, de repente, empezó a correrse sobre la cabeza de Luisín. Y llenó a este de lefa densa, espesa. El pelo, la cara, la camiseta…
En cuanto se hubo corrido, Abelardo intentó recomponer su postura. 'Joder, ¿no me habré pasado dejando que este me coma el culo? A ver si se va a pensar que soy una mierda de marica como él’. Y le arreó por el morro un guantazo seco a un Luisín exhausto, que, atónito, ya no comprendía nada… Y que, no bien lo hubo recibido, se corrió, a su vez, como sin querer.
A continuación, Abelardo le fue metiendo en la boca con sus dedacos, poco a poco, como regodeándose, la lefa de pelo, cara y camiseta, hasta asegurarse de que Luisín daba buena cuenta de ella con su lengua. Este succionaba los dedacos guarros, sudados y llenos de lefa de Abelardo, que se internaban sin ningún respeto, como en área que les es propia (como cuando uno hace el cerdo a solas y se hurga la nariz).
* * *
Y, desde bien pronto, pasada una temporadilla, ya todos los papás cerdos y los obreracos del barrio jugaban a proteger a la enana. “Hola, Luisín”, sonriendo, si se la encontraban a solas, sin testigos, por la escalera o en un descampado, o de noche por algún rincón. Y palmetazo en el culazo. “Uy, ji, ji”.
Todo culminó un día en que, tras el palmetazo de rigor en ese culito enano y respingón, redondín y maravilloso, el padre de un colega lo cogió por los hombros, aproximando la cara de Luisín, dada su corta estatura, a su sobacazo. (Snif). “¿Cómo va todo, qué es de tu vida?”, y fue bajando la mano hasta el culo de nuevo, que esta vez sobó y pellizcó con descaro, sonriéndole desde arriba.
— Uy.
— Venga, no seas delicao… ¿No te habré hecho daño?. A ver… —Y agarró a Luisín de la cabeza y se la empujó hacia alante, para que quedara con el culo en pompa y la cabeza gacha.— A ver, a ver… ¿qué tenemos aquí? —Y le bajó pantalón y calzoncillos de una tacada.— Venga, quejica. Si no te he hecho na… Je, je.
Luisín oyó un ruido de cremallera y como un escupitajo. Y, de repente, notó como un rabo duro entró en contacto con toda su fresita. Primero un envite, para que el capullazo gordo pasara el aro. Luego, salvado el primer obstáculo, una penetración lenta, pero firme, determinada, de un solo embate. “Ohhh, mmm… Ay, por favor… Gnnn”. Y Luisín se movió, como para desasirse, pero con eso solo consiguió aumentar el gustito del cabrón, que agarró a Luisín.
— Eh… Tú no vas a ningún sitio. —Y el cerdo agarró a la enana aún más fuerte.— Ahora vas a terminar lo que has empezao, uhmm.
“Oh, oh, oh…”. El chusmaca había sacado el rabo hasta la altura del capullazo e iniciaba una follada rítmica, más y más rápida progresivamente. Zupla, zupla, zupla, mmm. Y el cerdo, todo excitado y sudoroso, le dijo a la enana “Este va a ser nuestro secreto, mmm, ¿vale, Luisín? No te se vaya a escapar una palabra… Y tú ya sabes también que mi mujer no está bien de salud”.
— Sí, mmm, claro, señor. Ohhh, sí… Sí, sí, señor Abelardo… Mmm.
Eso sí, a la enana pasiva (la mayoría) le gusta el rabo bien gordo. A veces, ella misma tiene un nardo inmenso. Lo malo es que, cuando la tiene pequeña, como pasiva suele ser la típica pasiva dominante insufrible (lo que ahora se ha venido en llamar power bottom. Ja, ja. Incluso con el nuevo nombre, húyase…).
La enanita siempre sonríe a los tíos de clase obrera y a la chusma. Y los mira bastante descaradamente. Y siempre que puede, intenta quedarse sola, por algún rincón, accesible, a mano.
#gay enana#relato#vídeo
Hay pasivas tremendamente dominantes. Se lo leí a un colega -un pollón, a lo que se ve, muy listo-, y es verdad.
Las pasivas dominantes se reconocen porque solo saben darse la vuelta. Y, claro, el maricón activo se aburre mogollón.
No saben follar. De hecho, para ellas, darse la vuelta es una ventaja: el tío puede ser monstruoso, pero si tiene buena polla… p’alante. Claro que si el activo no tiene buena polla, para ellas el festival se acabó antes de empezar. Con el hétero, perfecto; al hétero ya le parece bien que, en el tema ‘sexo’, solo sepan darse la vuelta. Ellas van desesperadas porque casi nunca pillan hétero.
A lo mejor estoy siendo injusto. Al fin y al cabo, todos los maricones saben darse la vuelta y dejarse cuando el tío no les gusta (en realidad, todos los tíos, maricas o no, saben dejarse dar gusto). Pero no; lo que hace a las pasivas dominantes tan desagradables es que hacen sentirse feo y pollicorto al tío más guapo del mundo.
El pasivo de las fotos es famoso. No recuerdo el nombre. ¿Armand Rizzo, quizás? A mí no me mola nada. Es una nena. Aquí lo hace todo el de la barba. Un gran pasivo añadiría siempre algo a la función: que lo hace contra su voluntad o que es tonta, por ejemplo. De hecho, los grandes pasivos, cuanto menos les mola el tío, mejor lo hacen. Mmm. Es un imperativo biológico. Tomad nota, maricas. Je, je, je.
Estoy seguro de que un gran pasivo se reconoce porque puede ser, llegado el caso, el mejor de los activos: sabe lo que le mola que le hagan. Paul Barresi es un magnífico ejemplo. Tiene una obra maestra: Black Brigade, con el gran Bobby Blake. Ahí hace todo el rato de pasiva. Es un oficial de la Federación encarcelado por los federales en una prisión conducida por la Brigada Negra y se pasa el rato siendo violado porque, como buen caballero sureño, se muestra despreciativo con cada guarda negro con el que topa. Y reincide y reincide. Y se la follan y se la follan, claro.
Molan pasivos como Shane Rollins (tiene una obra maestra, Justice), Johnny Rapid (siempre parece que la están violando), David Ávila (tiene un polvo maravilloso con un maduro pollón, un tal Bigdaddy o algo así), Johnny Hazard o Kevin Wiles, al que dedicamos un post (nadie se hacía la tonta como él).
Ser un actor porno famoso siendo pasivo tiene muchísimo mérito. Pensadlo.
Aquí tenéis a la Armand Rizzo siendo empalada por otra bestia parda (28'14").
Armand Rizzo es la hembra. Tiene un conejo en el que cabe todo. Y le gusta mucho la lefa.
Algo debe de tener la criatura, porque los vuelve locos y se lleva los mejores rabos. Yo creo que es porque es pequeñita y muy mujer, y debe de ser muy sonriente. O sea, fácil.
Fuente:gay-gifs.com
Cuando no sabes si te la estás follando o si te estás haciendo una paja con su cuerpo
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