Luis el memo (o El memo de Luis). 3.- Luis y el dominicano

[Aquí está la tercera parte de Luis el memo (subtítulo: El memo de Luis), con las andanzas y las desventuras que aquejan a nuestro pobre Luis, fruto, como siempre, de simples errores y malentendidos.
Sí, sé que he vuelto a haceros esperar. Os pido perdón.
No sé por qué este capítulo, al principio, ha quedado tan corto. Luego lo he complementado con otro en que también sale un dominicano pollón. Si veis que ambas partes no casan del todo, hacédmelo saber. Tomáoslo como una versión provisional, supongo.
Recordad que el capítulo 1 lo tenéis en el Nifty o en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 19 de noviembre de 2015: Luis el memo o El memo de Luis (1): Luis y el camionero.
Recordad que el capítulo 2 lo tenéis en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 26 de mayo de 2016:Luis el memo o El memo de Luis (2): Luis y el tullido.]
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— ¿Cómo? Ji, ji. ¿Qué dices? —dije yo, como despertando del letargo provocado por el calor abrasador de las 3 de la tarde en julio.
— Que yo también tengo pecho, como tú. Ja, ja. —Y se levantó la camiseta y lo mostró, sudoroso—. Llevas ahí, en ese banco de enfrente, diez minutos acariciándote los pezones y poniendo caritas de gusto y de no saber. Y ahora que me has mirado una vez más y estamos solos en este rincón del parque… Pues eso (ja, ja), que yo también tengo pechazo.
Me levanté y me acerqué sonriendo a su banco y mientras me sentaba en el otro extremo, le dije, acariciándome una y otra vez los pezoncitos:
— Jolín, es que los pezoncitos me pican últimamente todo el rato. No lo sabes tú bien. Se me ponen muy duros, ¿sabes? ¿Como si fuera a salir leche…?, ¿te imaginas?
— Ja, ja, ja.
— Está rica la lechecita… —dije, la verdad es que no sé muy bien por qué.
— ¿Sí? Ja, ja. ¿De dónde eres?
— Yo, de aquí. ¿Y tú?
— Yo, de la República Dominicana.
— Anda, ahora entiendo por qué eres tan… fuerte.
— Gracias. Je, je. A mí también me sale leche. Pero no del mismo sitio que a ti, ¿sabes?
— ¿Ah, sí? Oh, ¿de dónde?
No sé por qué lo pregunté. La verdad es que se le notaba cómo le había crecido el bultazo.
— De aquí — dijo acariciándose el paquetorro lenta, lúbricamente.
— ¿De ahí? Ji, ji, ji.
— Sí. Ja, ja, ja.
— ¿Y está rica?
— No lo sé. No la he probado.
— Ah.
— Habría que sacarla de alguna manera para saberlo — añadió, con cara de picaruelo.
— Claro… Yo no soy marica, ¿eh? Ji, ji.
— Yo no he dicho que lo seas. Je, je.
— La verdad es que, una vez, un tío se la sacó y me dijo que se la comiera y…
— ¿Y tú qué hiciste? Ja, ja. ¿Se la comiste?
— Bueno, yo no soy marica, es que se la sacó y… me obligó.
— Mira esta. —Y se desabrochó los botones del pantalón y sacó su pollaza negra.
— A ver. Uy…
Y al inclinarme y ponerme sobre el cipotón para verlo, me agarró del cogote y me obligó a metérmela en la boca. Slurp, slurp. Mmm. Ya bajé del banco y me arrodillé delante de él. Se sorprendió al ver que me entraba toda, hasta el fondo. La verdad es que yo también me sorprendí.
— Oh. Mmmm. Sí…  —gemía.
Estaba rica, la cabrona. Y entraba toda.
—Mmm. Oh, sigue…
Slurp, slurp. Le agarré los huevos por fuera del pantalón y subí con la otra mano a acariciarle un pezoncito por fuera de la camiseta.
— Mmm. Gnn.
Y al cabo de poco,
— Ooooh. —Jizz, jizz, jizz.
Slurp.
Slurp, slurp.
— Uff… —suspiró, aliviado.
Y cuando vio que empezaba a tocarme el miembro, todavía de rodillas, delante de él, me soltó:
— Eh, vete, tío. Siéntate en otro lado. Nos van a pillar los turistas. Este parque está lleno.
Y cuando, dócil, me levanté y me fui detrás de unos matorrales, entre unos árboles, a acabar de pelármela, me dijo:
— No, tío. Sal de ahí. ¿No ves que los turistas, si te ven, van a pensar que quieres atracarlos?
Y, cuando salí y volvía a acercarme a él:
— Eh, tío, no. Te he dicho que te vayas. A mí este rollo no me va, ¿eh? A ver qué pasa. —todo serio.
Y tuve que irme.
Y me la casqué en casa. Claro.
Varias veces.
Claro… Hacía tanto calor esos días. Hizo tanto calor.
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Al día siguiente, pasé otra vez por el parque. A la misma hora. Y me refugié en la misma zona de sombra del día anterior.
Menos mal que no estaba el dominicano. Y había un chico de mi edad, bastante tímido, del barrio. Lo tenía muy visto por el barrio y me atreví a preguntarle por el dominicano, por curiosidad. Pedrito… ese era el chico, se llamaba Pedrito. Sí, ahora me acordaba.
— No, no lo he visto. Tú y yo fuimos a la misma clase toda la primaria. —me soltó.
Y, además de que no había visto a ese dominicano, me dijo que una vez topó a solas con un amigo suyo, también de la República Dominicana. Y que anduviera con cuidado, que le gustaban las mujeres, pero no le hacía ascos a los chicos jovencitos. Y que te quitaba el dinero. Y que con las mujeres era peor, se lo sacaba.
Y me contó… Pobrecillo, se ve que el dominicano, supongo, se pensó que era maricón. Como este Pedrito es tan timidete…
— Sí, Luis. Como topes con ese cerdo así, con ganas de soltar la lefa y con poca pasta en el bolsillo, en cuanto te pille a solas, primero te gastará bromitas, tanteando lo pedazo de maricón que eres y si estás más o menos receptivo.
— Pero yo no soy gay, Pedrito.
— Calla. No hablaba de ti. Y escucha. —Y siguió. Y cambiaba la voz cada vez que imitaba al otro dominicano— “Je, je. ¿Qué haces aquí, tan solito?” y “Seguro que estás buscando a ver si encuentras una chica, eh, y follártela…”.
» Cuando te oiga “Je, je. No, no, qué va. Uff…” y te vea sonreír tímidamente y mirar hacia abajo, hasta la altura de su paquete, en seguida sabrá a qué atenerse con un maricón de mierda sin cerebro como tú.
— Pero… —balbucí. Ni me escuchaba.
— “Ah, ¿no buscas una chica? Vaya, entonces será que buscas una polla, ¿eh? Je, je. ¿Te gustan las pollas?”, te dirá fingiendo que él pueda encontrar normal que a un tío le gusten las pollas. Y se restregará la mano por el paquete. Y tú, con poca convicción, “ Je, je. No, no, qué va… ”, mirándole el bulto de soslayo.
» “Venga, ¿seguro? Je, je. Yo tengo un pollón”. Y se te acercará y te agarrará fuerte, bien fuerte, sonriendo pero con tensión, como a punto de soltar una galleta si no le sigues el rollo.
» Tú no te resistirás, pero verbalmente, un poquito. “ Je, je. No, no… ”. Y ante tu respuesta, empezará a arrimar cebolleta y refregártela, . ¿Sabes cómo hacen los chuchos con una perra? Y te preguntará “¿Has chupado alguna vez una polla? Je, je.”,
» “No. Bueno, una vez, un tío… se la sacó y…”.
» “Pues ahora me la vas a chupar. ¿Has visto lo gordota que es?”, te dirá en tono serio, mientras te agarra del pescuezo y te empuja hacia abajo, hasta que te hincas de rodillas.
» Y tú, “ No, no…”, que no se sabrá ya a qué pregunta estás respondiendo.
» “¿No?”, y, en tono más serio, mientras te la refriega contra la boca entreabierta y te agarra la cabeza. “Sí, tío, me has puesto todo cachondo. Ahora me la vas a tener que chupar. Tú no te vas a ningún sitio”.
» Y ya, tú tienes dos opciones: si te gusta chuparla, abres aún más la boca y te pones al aparato. Y si te gusta chuparla, pero que te peguen un poquito antes, puedes repetir el “no, no…”. La hostia es segura con tipos así. La morralla sabe follar jovencitos tímidos.
» Por supuesto, la lefa va a ir toda a tu boca. Su deseo es sincero y su corrida, también. Y no es de los que aparta la polla por una mierda de marica.
» Tú límpiasela bien, después. No se vaya a enfadar. Se irá en cuanto se haya corrido y te vacíe el bolsillo. Pondrá, probablemente, sincera cara de asco, pero tú sabrás que, mientras duró, su interés fue real. Y total.
» Y, a lo mejor, antes de irse, te dará una patadita, como para alejarte. Tranquilo, Luis, eso solo quiere decir que le ha gustado más de lo que, a su juicio, debería haberle gustado. Es tuyo, si vuelves a topar con él en un sitio igual de discreto.
Y Pedrito se echó a reír. Pedrito añadió luego que lo había expresado mal. Que él quiso decir que sería “suya”, del dominicano, que este me consideraría “sujeta” a sus eventuales necesidades de descargar los cojones, cada vez que le apretaran, en un agujero fácil.
— Pero Pedrito,… pero si yo no soy gay.
— Claro. Pues aléjate de él. Se llama Eduardo. Y tiene el doble de polla que su amigo.
¿Cómo sabría Pedrito el tamaño del pene de mi dominicano? Bueno, “mío”. Quiero decir… Vosotros me entendéis.
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[Este es el típico dominicano que te roba el dinero después. Y a las mujeres, se lo saca.] Capítulo 4
Dominicanos. Más dominicanos.
Todos estos, de clase humilde. Por no decir, directamente, al uso español, “perfiles de exclusión social” (*).
¿Parecidos a los cubanos, pero sin Estado? O sea, ¿totalmente diferentes? Je, je.
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(*) Menos el ¿marica? de la camiseta azul cielo y estos últimos de aquí arriba, que, simplemente, son pobres..

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