Luis el memo (o El memo de Luis). 2.- El tullido
[Aquí está la segunda parte de Luis el memo (subtítulo: El memo de Luis), con las andanzas y las desventuras que aquejan a nuestro pobre Luis, fruto, como siempre, de simples errores y malentendidos.
Sí, sé que se ha hecho esperar. Os pido perdón.
Recordad que el capítulo 1 lo tenéis en el Nifty o en el post de este mismo blog, que os enlazo, de 19 de noviembre de 2015: Luis el memo (o El memo de Luis). 1.- Luis y el camionero.]

____________
No tenía brazos, tío. Como lo cuento. Era tullido, tullido. Me dijo que había sido en una misión en Irak o por ahí. Pero en África. Eso sí que lo recuerdo. Me lo explicó el día después.
Tocho estaba, el tío, pero, no sé, ¿militar? A lo mejor, me engañó y, simplemente, había sido en algún accidente en la huerta. Era muy engañoso. Je, je. Quiero decir, que le gustaba un poco tomar el pelo. Más bribón… Eso era cuando alguien le caía bien. Y cuando alguien era como especial para él, me confesaría en la tarde del día siguiente.
Y yo, la verdad es que tampoco lo entendía muy bien. Hablaba raro, así de la huerta.
El caso es que yo iba a las cuatro de la tarde, con toda la solana, por aquella pedanía en medio de los campos y no había un alma por la calle. Casi parecía una ciudad dormitorio, pero en campestre.
Jope, qué daño me hacían los pezoncitos. Mmm. Bueno, no era daño. Era el roce con la camiseta. Se me habían puesto duros como piedras y yo (“bah, no me verá nadie”) iba rascándomelos por fuera de la camiseta. Me acariciaba los pezoncitos con los deditos por encima del tejido de algodón blanco. Tal era mi desesperación. Mi desesperación por el “dolor” o lo que fuera esa sensación de picor seco… No sabía qué me ocurría últimamente. Entre esto y las palmetadas que debía darme, a veces con cierta urgencia, entre las nalgas para aliviar un poco el absurdo picor intenso que parecía que naciese de lo interior… Y, de repente, me topé con el tullido treintañero en un cruce de calles (treintañero avanzado, pero sí, todavía tenía pinta de ser treintañero). Qué corte. Uff, me puse todo rojo. ¿Qué pensaría el tullido que estaba haciendo? Casi que habría preferido que me hubiera pillado hurgándome la nariz. ¿Qué debió de pensar de mí? Qué vergüenza.
En un primer momento, se me quedó mirando, como entre sorprendido y ¿meditabundo? (no sé), pero me sonrió y se me acercó. Era muy majo. Me dijo “Hola, majo”.
— Oye, ¿por qué no me ayudas con el móvil, que tengo que contestar a una perdida muy importante? — pero no se refería a una mujer mala ni nada de eso… Eh, no vayáis a creer. Je, je. Los hombres, siempre pensando en mujeres, ¿verdad? Y más los jóvenes deportistas como somos mis colegas o yo. Se refería a una llamada perdida. A mis compañeros de clase siempre les hacían gracia mis chistes.
Dice: “Abre la bolsa y está por dentro”.
Y con la cadera le dio un empujón a la bandolera de lona que le colgaba cruzada y se la colocó enfrente, por delante del pantalón de chándal que llevaba. Y yo venga a revolver, pero allí no aparecía nada. Un nido de trastos que colgaba es lo que era aquello. Que, encima, no se podía ver bien.


Y cuando la agarré por detrás, la bandolera, anda que no pesaba. Seguro que fue involuntario, pero el tío dio un empujón para adelante a la bolsa y yo le rozaba y le rozaba, sin querer, la polla, mientras sostenía la bandolera. Cómo le colgaba… Hum. La bandolera colgaba que parecía un petate militar. Yo, rojo, rojo, y nervioso, mientras él me sonreía, ajeno al contacto. A lo mejor, si no tienes brazos, no sabes dónde estás tocando ni dónde te están tocando, porque el tío no se apartaba. Y le pesaba tanto, la bandolera…
— Cógela bien, sin miedo.
Y que yo era un chaval muy majo.
— El móvil es de color blanco. Tú mira bien.
La polla era enorme. Bueno, yo no la tocaba más que con el reverso de la mano izquierda, pero aquello era una enormidad. Qué miedo. Y él, si no fuera porque tenía necesidad y mucha prisa por contestar esa llamada perdida tan importante, parecería que, inadvertidamente, se refregaba un poco.
— Tranquilo, ya aparecerá esa mierda de móvil. Ya sabes, cuanto más necesitas encontrar algo, menos lo encuentras.
Yo estaba cada vez más nervioso. El pobre sonreía y no se daba cuenta de que su pollazo se restregaba contra mi mano constantemente. Por culpa de la mierda de la bandolera.
— Agárrala bien y te será más fácil —me dijo.
Yo no sabía ya si se refería a la bandolera o qué.
Estaba tan nervioso que ya se me nublaba un poco el sentido. ¿Sabes como cuando estás en el gimnasio y sin querer miras la polla de los compañeros? ¿Por sola curiosidad…? Yo no me lo podía creer. Le di la vuelta a la mano y no me lo podía creer. Fue un momento. De verdad… Oh, qué deformidad. Y cada vez más gorda. Y el tío, más sonriente. “Eso es…”, me dijo. Y yo, desde arriba hasta bien abajo, y mucho más nervioso.
— ¡El móvil, el móvil… Aquí está! Ya lo he encontrado. —dije—. Por fin, ¿no? —añadí.
Y él: “Anda, pulsa rellamada y acércamelo a la oreja”.
Pero aquello ya estaba sin batería. Te lo digo yo: ese aparato sí estaba más muerto que…
— Vaya, qué putada. Necesitaba que un familiar me hiciera un favor muy gordo y… Es que no resisto más. Ven, acompáñame un poco al campo. Acompáñame solo un momento, que necesito que me hagas un pequeño favor.
Yo pensé “Pobre, debe de ser una lata depender de todo el mundo para todo. Para llamar, para comer, para… No sé, yo ni me doy cuenta de para cuántas cosas uso las manos a lo largo del día”.
Y la verdad es que tampoco me estaba esperando nadie. Yo, es que, veréis, tengo amigos, ¿eh?, pero tampoco tengo, así, montonazo de amigos… Los que me quedan son, sobre todo, del colegio. Y son más bucaneros… Je, je. Siempre me están gastando bromas. Son unos bandidotes.
Recorrimos dos manzanas y ya, allí que estábamos en medio de un naranjal. Y me dice:
— Oye, no te lo tomes a mal, pero llevo meándome una hora. ¿No te importa, no? —Y a mí, ¿por qué me iba a molestar? (¿Veis lo que os decía de que el tullido hablaba un poco raro?).
— No, claro (tímido), ¿por qué había de importarme? —dije.
— Pues, ahora,… Si me bajaras el pantalón por delante ahora…
¿Cómo? ¿Qué decía? ¿Qué quería decir?
— Venga, tío; me meo vivo. No sé si voy a aguantar más.
— Hombre, no sé. Es que… Señor, no sé…
— Venga, no seas así. Si eres un chavalito bien majo. Majo, majo de verdad.
La verdad es que el pantalón de chándal le apretaba y apretaba. Debía de estar meándose pero bien… El bulto era enorme, de a punto de estallar. Vosotros me entendéis.
— Bueno, no sé. Oiga, señor, pero, con suerte pasa gente por aquí ahora y ellos le pueden ayudar, ¿no?
— Quia. Por aquí no va a pasar nadie. Tranquilo.
El caso es que me volví a bajarle el chándal de la cintura y me dijo:
— No, no te agaches. Es mejor que te arrodilles. Será más fácil. Créeme. De esto entiendo. No es la primera vez que me ayuda un chaval de tu clase… Je, je.
¿De mi clase? Hombre, no sabía que se me notara tanto la clase. Porque la verdad es que soy de una familia muy, como diría, supernormal. Mi amigo Carlos María (o Max, no me acuerdo ahora; uno de los dos) se compró una camisa estampada fantástica en la Via Condotti de Roma, en Prada. ¿Sabéis la escalinata de la Plaza de España? Debajo. Y, cuando le dije que la camisa era flipante, me dijo que no me preocupara, que me la daba. Y me la puse muchas veces. O sea que yo… yo sé lo que es llevar ropa de segunda mano. Y para nada se me cayeron los anillos.
Pero, bueno, en todo caso, él sabría mejor. Me arrodillé y al bajar la parte frontal del chándal… Espera, ¡no llevaba calzoncillos! Flop. Un pedazo de verga impresionantemente gorda salió del pantalón. Y solo estaba morcillona, me dijo él. …Por culpa de las ganas de orinar.
— Eso es, cógela. Muy bien. Ahora, apártate un poquito, que ahí va.
Y empezó a salir un chorro fuerte, hipnotizante. Mmm. Hacía temblar mis deditos en contacto con la polla. Era tan, pero tan ancha. Mis dedos no podrían haberla rodeado ni aunque yo hubiera querido hacerlo. Yo la miraba y la miraba como en trance, por lo raro de la situación o por los nervios o…
Un momento subí la vista y… allí estaba él. Me miraba profundamente. Me sonreía.
— Eso es. Lo estás haciendo muy bien, chavalón.
“Mírala, mírala bien. ¿No ves lo contenta que está? ¿Ves el chorrazo que sale?”
— Sí, sí lo veo, señor. Mmm. Qué chorro más fuerte. Ji, ji, ji. Ahora parece que amaina un poco, ¿a que sí?
— Sí, ahora hay que limpiarla, traviesón. Anda, no llevo pañuelos. ¿Llevas?
Y, sin apartar la vista del pollón:
— No… No, señor.
Se volvió un poco. (…)
— Eso es, está ya tan cerca. Acerca solo un poco más la boquita. Si ya la tienes al lado. Vas a ver qué limpia va a quedar.
Se volvió un poco más aún y su pollazo golpeó suavemente, pumba, contra mi cara. Y nuevamente contra mi mejilla. Y otra vez contra mis labios. Y unas gotitas salpicaban mi piel.
— Por favor… Las gotitas… —acerté a balbucir.
— ¿Las gotitas no? Vas a saber lo que son gotitas… Abre un poco más la boquita, tontín. —Y, cuando otra vez abrí la boca (para decirle que si podía girarla aunque fuera un poquito, que me seguían salpicando las gotitas), oh, no sé para nada cómo, ¡el muy truhán la metió sin más!
— Está rica, ¿verdad?
Y un chorro último vino a inundar mi boca.— ¡Ohh! (Mmm. Slurp).
— No, ni se te ocurra. No te la saques de la boca, que te mancharás la camiseta…
La camiseta, con manchas. No, por favor. Slurp.
— Eso es, sin manos. Tócate un poquito los pezones; ya verás —dijo.
Sí, los pezoncitos duros, eso era; este señor estaba en lo cierto. ¿Qué había de malo en acariciarme un poquito los pezones?
Y yo no quería mancharme la camiseta. En eso tenía toda la razón. ¿Qué me dirían en casa?
— Eso es, sigue así. Chupa un poquito más. Ya verás qué limpia la vas a dejar, marica.
Yo quería decirle que no, que yo no era marica, que se había confundido, que todo se trataba de un malentendido. Pero no quería mancharme la camiseta con las gotitas que seguían saliendo de su polla. Ya no sabían apenas a orín, sino a lechecita dulce y ácida a la vez.
Y cada vez salían más y más gotitas, y la polla estaba muy dura. Y yo no quería mancharme la camiseta.
— Esto es lo que has estado buscando todo el rato.
Yo quería decirle que no, que no sé cómo podía pensar eso, que yo no había hecho nada.
Pero me empujó la polla hacia dentro de la garganta y me vi lanzado contra el tronco de un árbol y tuve que agarrarme de sus patorras para no caerme. Entre las patorras y el árbol, el capullazo me había entrado ya hasta la campanilla. Yo creí que me iba a ahogar, pero respiraba por la nariz.
— Eso es, maricón de mierda. No has chupado tú rabos ya. Mmm. Hostia puta, qué bien lo haces. Sigue, guarrilla. Mmm. Esto es lo que tú querías…
Y adelantó una pierna y empezó a presionar sobre mis partes. Y yo, como montado en la patorra y agarrado bien fuerte a ella, para no caerme para atrás. Slurp, slurp, slurp.
Tales eran sus expresiones de gusto que, en mi estupefacción, casi me sentí orgulloso por momentos de cómo se la mamaba. Slurp, slurp. Slurp. Intenté, dentro de mi confusión, incluso, que me entrara toda. Imposible.
¿Imposible? De repente, me empujó la cabeza contra el árbol y,
— Ohhhhhh, me corro, marica. —Y me entró entera hasta el esófago. Jizzz, jizzz, jizzz. La lefa llenaba mi garganta y descendía hacia el estómago.
Pero yo no quería que se manchara mi camiseta. Jizz, jizz.
En cuanto se hubo corrido, la sacó hasta dejar el capullo y me dijo.
— Uff, esa boquita mola. Límpiamela bien, que no queremos que te manches la ropa ahora, al sacarla, ¿no?
Slurp, slurp, slurp.
— Qué rica lechecita, ¿verdad, marica?
— Mmm.
Un minuto después, su polla brillaba.
“Oh, oh, oh”. Y varias lefadas escaparon de pronto de mi polla, dura a reventar, que se refregaba, de modo reflejo, contra su patorra.
— Mira lo que me has hecho en el pantalón. Lo has manchado de lefa. —Y me empujó bruscamente con su pierna.— Cerda…
Me quité la camiseta corriendo y le restregué las manchas hasta que dejé su chándal lo mejor que pude. No todas las manchas eran recientes; y casi toda mi leche se había quedado dentro de mi pantaloncito de lino.
— Eso es, marica. Y vuelve mañana a las cuatro a este mismo sitio. Te voy a enseñar a montar a caballito y a jugar con un botoncito que tenéis todas las maricas guapas en el culete para que los tíos nos aprovechemos de vosotras y podamos soltar la lefa, y en fin, nos lo pasemos bien. ¿Me has oído?
— Sí, señor.
Me puse la camiseta y olía una parte, mmm, que mareaba. Varias veces me la tuve que acercar a la nariz, de intoxicante que era el olor. Snif. Ya ni sé muy bien qué más me dijo durante el rato siguiente. Solo recuerdo retazos. Snif. De repente, se volvió y me dejó allí en medio de la huerta.
Pero si creía el tullido sin brazos que yo iba a volver al día siguiente, ja, iba muy mal encaminado. Sí, hombre. Ni que, como me dijo, “a los maricas os gusta mi polla más que respirar”… O eso de que, “lo que más os gusta del mundo es la chusma. Y la morralla”.
Y que, lo sabía él muy bien, “el asco nunca os ha detenido, jamás, a ningún marica”.
Lo que el tullido parecía no querer entender es que, en realidad, yo soy uno cualquiera de esos tantos jóvenes supertímidos con las chicas. Porque, la verdad es que son tan guapas y… pero imponen tanto. ¿No?
De volver al día siguiente, nada. ¿Qué se creía? Y, además, para colmo, ¿y si se me manchaba otra vez una camiseta,…?
Y si yo volviese al día siguiente, que para nada, solo sería si acaso, remotamente, para decirle que se había equivocado y, seguro que no se había dado cuenta, sin duda, pero me había estado llamando marica, que yo no soy marica. Que el señor se había confundido. Hum. Bueno, se lo podía decir en un tono firme, ¿no?, y a la vez, simplemente aclaratorio. No se fuera a enfadar y darme una patada otra vez.
____________
Espero que os haya gustado este relato. Y que hayáis tenido que leerlo con una sola mano.
Si al truhán le faltara solo un brazo, como se me ha sugerido, tal vez os daría menos asco, sí. Pero, digo yo (se me ocurre), usaría la otra mano para todo, ¿no, Sherlocks?, lo que restaría bastante coherencia argumental al relato. Si es que sois… Vosotras, las maricas guapas, mejor, no penséis. Vosotras, a lo vuestro, chuparle la polla a la escoria que las tías no quieren ni saludar. Además, como dice el propio tullido,el asco nunca os ha detenido, a los maricas. Con un hétero, quería decir el tío, claro. Ni Cicerón lo hubiera expresado mejor.
Se agradece cualquier tipo de feedback, incluso las críticas (aunque mejor las críticas constructivas, claro; je, je).
Si encontráis dibujos / toons que pudieran ilustrar el relato…
Envíese todo a: capitanalegre@gmail.com. O contactad a través de mi perfil del planetromeo…
Comentarios
Publicar un comentario